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Abro los ojos. Me encuentro en la cama del Hotel San Carlos en New York. Se acaba de cambiar la hora, por lo que en vez de las 3 son las 2 de la madrugada del 3 de noviembre de 2013.

Quedan 3 horas aún para las 5 a.m., hora a la cual tengo programado el despertador del móvil. No obstante, no me va a ser necesario ya que tengo los ojos como platos y me es ya imposible conciliar el sueño. Mi mujer duerme a mi lado.

He quedado con Javi a las 5.30 para desayunar, dado que a las 6 a.m. saldrá el bus de Marathinez con destino Staten Island para tomar la salida de la Maratón de New York a las 9.40 a.m.

En el bus los nervios empiezan a notarse. Aprovechamos para hacernos unas fotos de grupo y procedemos a pasar el control de seguridad. Si habitualmente es estricto, con el precedente del atentado de Boston las medidas son mayores si cabe. Entramos en una zona ajardinada enorme a la que sólo pueden acceder corredores. La temperatura ambiente es de 3º C.

Durante las 3 horas de espera hasta el momento de la salida vamos varias veces al baño. Aprovechamos para tomar un té en uno de los muchísimos puestos de avituallamiento que tenemos dentro de la zona de pre-salida. Finalmente llevamos nuestra ropa a los camiones de UPS y nos preparamos dentro del corral correspondiente al color y número de nuestro dorsal.

presalidaEmpezamos a subir la cuesta para ponernos a los pies de la salida justo antes del Puente de Verrazano. Faltan 5 minutos para el comienzo de la prueba y suena “Enter Sandman” de Metallica. Canción perfecta para subir mis pulsaciones y el ambiente cada vez está más animado.

Ahora nos habla por megafonía Michael Bloomberg, Major de NY, que horas más tarde dejaría de serlo. Acto seguido las chicas del coro empiezan a cantar el himno americano y los corredores locales se despojan de los gorros  y con la mano en el pecho escuchan con respeto.

Es el momento de la salida y salimos al ritmo de “New York, New York” de Frank Sinatra. En ese momento ni me planteo lo que viene, sólo me limito a correr con ganas de disfrutar de una mañana de domingo.

Empezamos cruzando el puente de Verrazano, el puente colgante más largo de los Estados Unidos. Tendremos el viento en contra durante el 75% de la prueba. Mi ritmo inicial es bajo, ya que intento controlarme mucho. Además la subida no me permite grandes florituras y simplemente me limito a calentar al trote cochinero. Una vez llegamos a la parte alta del puente, empezamos a descender a un ritmo bastante superior, que me lleva a entrar a ritmo mucho antes de lo esperado. Las pulsaciones son inferiores a 145 ppm por lo que no me preocupo por ello. Al acabar el puente aprovecho para despojarme de las camisetas viejas que llevaba para reservarme del frio, del gorro y los guantes. En este momento pienso que quizás luego pueda echarlas en falta. Pero me decido a hacerlo igualmente.

Entramos en Brooklyn y tras varios cambios de dirección encaramos la 4th Avenue, que recorremos desde el km5 hasta el 12. El ambiente es brutal, gente por todos lados y bandas de música tocando para todo el mundo. Me molesta el tobillo izquierdo. Tengo la sensación de que me he apretado demasiado la zapatilla y que debo parar a aflojarla, pero decido no hacerlo y seguir pensando en otra cosa. Todo el rato me obsesiona la posibilidad de estar corriendo muy rápido pero mis pulsaciones me dicen que no me preocupe. Es de esas sensaciones de conflicto interior en las que no sabes si escuchar a tu mente o a tus sensaciones. Decido guiarme por sensaciones y olvidarme del reloj.

Una vez giramos por Lafayette Avenue empiezo a buscar a Vanessa. En el km13 sabemos que estarían ubicadas nuestras mujeres, por lo que tienen que estar cerca. Efectivamente ahí están animando. Me sube mucho la moral verla entre tantisima gente, ya que pensaba que dificilmente podría encontrarla entre todo el gentío.

Tras varios kilómetros, entramos en Bedford Avenue y cruzamos el barrio de Williamsburg, barrio “Hipster” por excelencia de New York. En este momento me tomo un gel, no porque mi cuerpo aún me lo pida, sino por el respeto que me causa una posible pájara. Además según mis cálculos previos, sobre el km17 toca gel.

Tomamos la Manhattan Avenue y subimos por el puente Pulaski. Nos encontramos en la mitad de la prueba. La verdad que no me planteo lo que me queda, pero si es verdad que llevaba ya algún rato esperando para cruzar la mitad de la prueba. Simples factores psicológicos, ya que a efectos de esfuerzo queda muchísimo más que la mitad.

Mitad de pruebaUna vez pasado el puente Pulaski entramos dentro del barrio judío en Queens. Es curioso ver el cambio de ambiente ya que aunque es domingo, para todo este barrio se trata de un día laborable. Por todas partes se ven judíos con los típicos gorritos y tirabuzones en el pelo. Además parece que la carrera no va con ellos.

Aunque noto un poco el cansancio, mis pulsaciones siguen entorno a los 150 ppm, lo que hace que me despreocupe. Siempre intento encontrar el lado positivo a todos los pensamientos que me van viniendo. Mis tiempos van según lo previsto para poder entrar en menos de 4 horas. De repente, empieza a chispear ligeramente, aunque no dura más que unos minutos.

Nos adentramos en Queensboro Blvd y seguidamente subimos por el puente de Queensboro. La zona elevada de la ciudad de Long Island. Aquí empezamos a divisar el Skyline de la ciudad de New York. Una auténtica maravilla, propia de la mejor de las postales. Aprovecho para reflexionar lo privilegiado que soy, pudiendo estrenarme con la distancia de Filípides en esta ciudad tan imponente.

A continuación giramos a la derecha para coger la avenida más larga de la prueba, la 1st Avenue. Por esta Avenida corremos desde el km26 hasta el 32. Aunque se trata de una calle de un perfil duro, el griterío ensordecedor convierte estos kilómetros a bastante más llevaderos. Los kilómetros pasan sin apenas darme cuenta. Ahora empiezo a caminar en los avituallamientos. He bebido agua en casi todos ellos, pero mi nula costumbre a beber de un vaso y sin botella mientras corro, hace que desista por completo. A partir de ahora con vaso sí, pero caminando a paso ligero.

744264-1191-0049sLlegando al km 30 me adelanta el práctico de las 3h30. Esto me desconcierta por completo, ya que me hace pensar que he cometido el error de ir demasiado deprisa durante estos 30 km. No debo permitirme el lujo de comerme ahora el coco con cosas que no tienen remedio, por lo que intento olvidarme de ello para que no me pase factura. A partir de aquí entro en terreno desconocido, ya que nunca corri más de 30km seguidos.

Cruzamos el puente de Willis Avenue y nos adentramos brevemente en el Bronx. Digo brevemente, porque parece que la organización pasa por ahí para que no se quejen, pero en menos de 2 km volvemos a Manhattan.

Volvemos a Manhattan cruzando el puente de Madison Avenue. Subiendo dicho puente me adelanta bastante gente, y vuelvo a pensar que quizás fui muy rápido al principio, pero me lo borro de la mente tan rápido como puedo. Esa vocecilla interior, parece que quiere hacerme daño, pero vuelvo a sonreir para olvidarlo. Es increible, lo potente que resulta en momentos de debilidad, levantar la comisura de los labios y dibujar una sonrisa. Automáticamente tu cuerpo somatiza el mensaje y vuelves a estar en lo que importa.

Subiendo me encuentro escenas de todo tipo. Gente a un lado estirando con tirones o rampas, e incluso a un corredor tumbado en el suelo tomándose las pulsaciones en el cuello. Empiezan a causar estragos en los corredores las 3 horas que llevamos rodando.

El puente siendo corto se me hace muy duro, pero al acabar el mismo, empieza una bajada muy empinada y en ese momento pasamos de correr en absoluto silencio por el puente, al atronador bullicio del barrio de Harlem. Los decibelios pasan de 0 a 100 en cuestión de segundos. El ambiente me lleva en volandas.  Además empezamos a correr por primera vez con el viento a favor, aunque a esas alturas ni siquiera se nota.

Sobre el km 35 en la 5th Avenue  aprovecho para tomar el último gel y encarar los últimos 7 kilómetros. También empiezo a pensar en mi mujer que estará en el km 38. Ahora sí necesito verla. Es curioso, pero soy plenamente consciente que si la veo me será más llevadero el final de la carrera. Auténtico efecto placebo.

744324-1090-0029s A partir del km37 la carrera se hace muy dura, ya que la pendiente empieza a notarse y el ritmo de carrera empieza a ralentizarse. Ahí empiezo a darme cuenta que si aflojo no podré bajar de las 4 horas.

Entramos en Central Park y una vez dentro se suceden los toboganes. Las continuas subidas y bajadas convierten la carrera en un auténtico rompepiernas. En este momento vuelvo a ver a Vanessa y Olga. Me limito a sonreir y a mandarles un beso, sin embargo como por arte de magia me aportan ese plus que tanto necesitaba y empiezo a apretar. Me encuentro en el km39.  Soy consciente que si lo doy todo durante 3 km, la carrera estará acabada.

Por otro lado, vuelvo a ver como algunos dejan de correr y empiezan a caminar. Como otros se tumban en el suelo y algunos aprovechan para estirar y quitarse las rampas musculares de las que son víctimas. A alguno incluso se le ve llorando. Esto lejos de asustarme o preocuparme, me hace pensar que estoy mejor de lo que pensaba y me aporta concentración. Cuando uno quiere, las circunstancias las interpreta de la forma que le hacen más fuerte, aunque pudieras interpretarlas de forma diferente. Que potentes son los diálogos con los que uno se habla a si mismo. Cambian la realidad de las cosas.

La verdad que las molestias en el tobillo izquierdo si bien han sido permanentes no me han ocasionado ningún problema en toda la carrera. El principio de fascitis plantar con el que llegue a New York no ha dicho nada en todo el tiempo. Ya solo queda un último esfuerzo.

Mis últimos 2 km los corro nuevamente por debajo de 5.20min/km. Mis pulsaciones sobrepasan los 170 ppm por primera vez en toda la prueba.  Me encuentro la pancarta de 400 yardas para meta y mi mente empieza a hacer conversiones matemáticas. Aprieto a tope y antes de lo que espero me encuentro el arco que tantísimas veces había visualizado. Mi gesto se transforma y empiezo a sentir la plenitud de estar donde pretendía. Además, aunque me cuesta más de lo esperado cruzo el arco por debajo de las 4 horas.

MetaNada más cruzar la meta nos cuelgan la medalla, nos sacan unas fotos en una especie de fotocall y nos dan un picnic para recuperar energías, tapandome con una manta de aluminio para no perder temperatura. Me indican el camino hacia arriba para evitar tapones en la meta y de forma casi militar todos los finishers subimos cuesta arriba a por nuestra ropa. Es entonces cuando empiezo a tiritar de frio y a sentir el bajón físico. No obstante ahora, es cuando me permito recordar todos los veces que soñé con este momento mágico.

Me abrigo y mientras me tomo el picnic espero por Javi. Al verlo llegar, por fín podemos compartir las emociones juntos. Al igual que yo, llega tiritando, pero su cara de satisfacción y plenitud lo dice todo. Nos damos el abrazo de la victoria. Un abrazo que también había visualizado multitud de veces y que hacia especial, correr este maratón a 6000 km de casa junto a él.

Antes éramos corredores ahora somos maratonistas. Pero este, no es más que el primero de los muchos maratones que nos quedan.

la foto 1En este post no podrían faltar las dos personas que hicieron posible que cumplieramos este objetivo. Sin ellas esto no habría sido posible. Aguantando varios meses los entrenamientos que no siempre se producían en el mejor momento del día y muchas veces tensaban la situación familiar por encima de lo deseable. Bravo Olga y Bravo Vanessa.

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